Ezequías los ilusiona al decir: “Jehová mismo nos librará” (2 Rey. 18:32).

Sabiamente, los habitantes de Jerusalén se negaron a responder a la propaganda difamatoria de Senaquerib, el rey de Asiria, como también hacen a menudo los siervos de Jehová de nuestros días (2 Rey. 18:35, 36). Ezequías tenía motivos para estar preocupado, pero en vez de recurrir a una potencia extranjera, mandó llamar a Isaías el profeta. Este le dijo: “[Senaquerib] no entrará en esta ciudad, ni disparará allí una flecha” (2 Rey. 19:32). Todo lo que los habitantes de Jerusalén tenían que hacer era quedarse donde estaban. Jehová lucharía por Judá. ¡Y así lo hizo! “En aquella noche el ángel de Jehová procedió a salir y a derribar a ciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios.” (2 Rey. 19:35.) Judá se salvó, pero no porque Ezequías cegara los manantiales de la ciudad ni edificara sus muros, sino porque Jehová intervino. w13 15/11 3:14, 15

El entendido es el que adquiere dirección diestra (Prov. 1:5).

Aquellos que te conocen bien, joven, pueden aconsejarte con discernimiento. Por ejemplo, imagínate que siendo aún adolescente quisieras dejar la escuela y comenzar el precursorado principalmente para ahorrarte el esfuerzo que los estudios requieren. Alguien que te ama podría darse cuenta de tu motivación y ayudarte a comprender que la escuela te puede enseñar a no rendirte fácilmente, una cualidad esencial si deseas servir a Jehová plenamente (Sal. 141:5; Prov. 6:6-10). Hay que reconocer que a todos los que servimos a Dios nos rodean peligros espirituales, es decir, influencias que pueden alejarnos de Jehová (1 Cor. 15:33; Col. 2:8). Pero algunos empleos presentan más riesgos que otros. ¿Conoces a algún hermano que haya sufrido un “naufragio respecto a su fe” por haber aceptado cierto tipo de empleo? (1 Tim. 1:19.) ¿Cuál es la lección? Que debes tener mucho cuidado para no tomar decisiones que puedan perjudicar tu relación con Dios (Prov. 22:3). w14 15/1 3:15-17

Contigo está la fuente de la vida (Sal. 36:9).

La vida es una maravillosa dádiva, o regalo, que Jehová nos da. Al usarla para hacer su voluntad, disfrutamos de numerosas bendiciones ahora y tenemos la perspectiva de vivir para siempre en el nuevo mundo (Prov. 10:22; 2 Ped. 3:13). Pero ¿cómo es esto posible, en vista de las lamentables consecuencias del pecado de Adán? Jehová es el Gran Proveedor de muchísimas maneras. Por ejemplo, nos ha mostrado su bondad inmerecida acudiendo en nuestro rescate. Todos somos pecadores y hemos heredado de Adán la imperfección (Rom. 3:23). Aun así, por el amor que nos tiene, tomó la iniciativa para que pudiéramos tener una estrecha amistad con él. El apóstol Juan nos revela lo que hizo: “Por esto el amor de Dios fue manifestado en nuestro caso, porque Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros consiguiéramos la vida mediante él. El amor consiste en esto, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio propiciatorio por nuestros pecados” (1 Juan 4:9, 10). w14 15/2 3:6, 7

No me deseches en el tiempo de la vejez; justamente cuando mi poder está fallando, no me dejes (Sal. 71:9).

Probablemente fue David quien hizo esa súplica. Él sirvió a Dios desde su juventud hasta su vejez, y Jehová lo utilizó para realizar grandes hazañas (1 Sam. 17:33-37, 50; 1 Rey. 2:1-3, 10). Aun así, sintió la necesidad de pedirle a Jehová que lo siguiera bendiciendo y cuidando (Sal. 71:17, 18). En las congregaciones hay muchos hermanos como David. A pesar de que han llegado a “los días calamitosos” de la vejez, hacen todo lo que está en su mano para alabar a Dios (Ecl. 12:1-7). Muchos no pueden hacer lo mismo que antes en distintos aspectos de su vida, como el ministerio. Pero, como David, pueden suplicarle a Jehová que siga cuidándolos, seguros de que él contestará sus oraciones. Las Escrituras dejan claro que Jehová tiene en alta estima a los cristianos de edad y espera que los honremos (Sal. 22:24-26; Prov. 16:31;20:29). w14 15/3 3:3-5

Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones (Mat. 28:19).

Jesús se interesó sinceramente por la gente. Prueba de ello es que curó enfermos y resucitó muertos. Sin embargo, su principal labor no fue curar en sentido físico. Su predicación y enseñanza tuvo un efecto mucho más duradero en las personas. ¿Por qué decimos esto? Porque aquellos a quienes curó o resucitó acabaron envejeciendo y muriendo, pero las personas que respondieron bien a su mensaje recibieron la oportunidad de vivir para siempre (Juan 11:25, 26). En la actualidad, la obra de predicar que Jesús inició en el siglo primero se lleva a cabo a una escala mucho mayor. En más de 230 países y territorios, más de siete millones de Testigos proclaman con entusiasmo el mensaje del Reino y dan clases de la Biblia a millones de personas. Esta obra es una prueba de que vivimos en los últimos días.w13 15/9 1:15, 16

Dios se opone a los altivos, pero da bondad inmerecida a los humildes (Sant. 4:6).

La buena comunicación en el matrimonio es como un arroyo que discurre tranquilamente por un parque. Ser “de mente humilde” es vital para que ese arroyo siga fluyendo (1 Ped. 3:8). “La humildad es la vía más rápida para resolver problemas porque te impulsa a pedir perdón”, observó un hermano que lleva casado once años. En cambio, el orgullo no contribuye para nada a llevarse bien. Dificulta la comunicación, pues quita el deseo de pedir perdón y el valor que se requiere para hacerlo. En lugar de ser humilde y decir “lo lamento, perdóname”, la persona orgullosa pone excusas. En lugar de ser valiente y reconocer sus debilidades, busca las faltas de su cónyuge. Cuando se siente atacada, en lugar de hacer las paces, se ofende y hasta contraataca con palabras hirientes o dejando de hablar (Ecl. 7:9). No hay duda: el orgullo puede destruir el matrimonio. w13 15/5 3:13, 14

Sirvan a Jehová como esclavos (Rom. 12:11).

La esclavitud cristiana es muy diferente de lo que, por lo general, la gente entiende por esclavitud. Para muchos, esa palabra es sinónimo de maltratos crueles y abusos. En cambio, los esclavos de los que habla la Palabra inspirada de Dios lo son por voluntad propia, pues tienen un Amo muy bondadoso. De hecho, cuando el apóstol Pablo les dijo a los cristianos del siglo primero que sirvieran “a Jehová como esclavos”, los estaba animando a hacerlo por amor. Antes de bautizarnos, tomamos la decisión de servir a Jehová, de ser sus esclavos. Cuando nos dedicamos a él, le expresamos nuestro deseo de obedecerle y cumplir su voluntad. Nadie nos obligó. Incluso los más jóvenes se dedican a Dios y se bautizan por voluntad propia, no simplemente para complacer a sus padres. Así es, los cristianos nos dedicamos por amor a nuestro Amo celestial, Jehová (1 Juan 5:3). w13 15/10 2:1, 3

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