Cuando vean todas estas cosas, sepan que él está cerca, a las puertas (Mat. 24:33).

Muchas personas sufren cierto tipo de ceguera ante los acontecimientos mundiales. Tal vez reconozcan que el mundo ha cambiado muchísimo desde 1914, pero no comprenden lo que eso realmente significa. Por nuestro estudio de la Biblia, nosotros sabemos que, en cierto sentido, el Reino de Dios vino en 1914, cuando Jesús fue coronado Rey en los cielos. Pero también sabemos que aún no se ha contestado por completo la oración “Venga tu reino. Efectúese tu voluntad, como en el cielo, también sobre la tierra” (Mat. 6:10). Obviamente, para que la voluntad de Dios se haga en la Tierra como se hace en el cielo, primero tiene que desaparecer el presente sistema malvado. Gracias a nuestro estudio constante de la Palabra de Dios, nosotros podemos ver que hay profecías cumpliéndose ahora mismo. ¡Qué contraste con el resto de las personas! Están tan absortas en su propia vida y en sus deseos que pasan por alto las pruebas de que Cristo ha estado reinando desde 1914 y pronto ejecutará la sentencia divina sobre este mundo. w14 15/1 5:2, 3

Porque yo resultaré estar contigo, y ciertamente derribarás a Madián como si fuera un solo hombre (Juec. 6:16).

Según el capítulo 6 de Jueces, cuando el ángel de Jehová visitó a Gedeón en Ofrá, los vecinos madianitas eran una verdadera amenaza para Israel. Por esa razón, Gedeón no estaba trillando el trigo en campo abierto, sino en un lagar en el que podría esconder rápidamente el valioso grano. Sorprendido de que el ángel se le apareciera y lo llamara “valiente y poderoso”, Gedeón le preguntó si Jehová, que había liberado a los israelitas de Egipto, de verdad iba a ayudarlos, a lo que el ángel le garantizó que Jehová iba a respaldarlo. Gedeón se preguntaba cómo sería posible que él “salvar[a] a Israel de la palma de la mano de Madián”. La respuesta que recibió de Dios se halla en el texto de hoy. Notemos que la conversación muestra a las claras que Jehová era real para Gedeón (Juec. 6:11-15). w14 15/2 4:7, 8

Estarás conmigo en el Paraíso (Luc. 23:43).

Millones de personas hemos tomado la sabia decisión de servir a Jehová y seguir con atención los pasos de Jesucristo (Mat. 16:24; 1 Ped. 2:21). No consideramos de poca importancia el hecho de haber dedicado nuestra vida a Dios. En realidad, tal elección no se basó en un conocimiento superficial de unos cuantos textos bíblicos, sino en un estudio cuidadoso de la Palabra de Dios. Gracias a él aprendimos muchos detalles que nos fortalecieron la fe, detalles relacionados con la herencia que Jehová ofrece a los que adquieren conocimiento de él y de su enviado, Jesucristo (Juan 17:3; Rom. 12:2). Un número relativamente pequeño de cristianos anhela recibir “una herencia incorruptible e incontaminada e inmarcesible”: el inestimable privilegio de gobernar con Cristo en los cielos (1 Ped. 1:3, 4). Las otras ovejas recibirán la herencia que los pecadores Adán y Eva nunca recibieron: vida eterna en un paraíso terrestre sin más sufrimiento, muerte o lamento (Rev. 21:1-4). w13 15/5 5:1, 3

Considerémonos unos a otros para incitarnos al amor y a las obras excelentes (Heb. 10:24).

Tras establecerse el Reino de Dios en 1914, Satanás fue expulsado del cielo y arrojado a la Tierra, por lo que siente “gran cólera, sabiendo que tiene un corto espacio de tiempo” (Rev. 12:7-9, 12). A medida que se acerca el Armagedón, el Diablo se vale de todo tipo de ataques para debilitarnos. Y a esto le tenemos que añadir las presiones de la vida cotidiana (Job 14:1; Ecl. 2:23). En ocasiones, la suma de tantas dificultades puede agotarnos de tal manera que no tengamos las fuerzas emocionales y espirituales suficientes para luchar contra el desánimo. Ese fue el caso de un hermano que por muchas décadas había fortalecido en sentido espiritual a decenas de personas. En su vejez, él y su esposa se enfermaron, y aquello lo desanimó muchísimo. Igual que él, todos nosotros necesitamos que Jehová nos dé “el poder que es más allá de lo normal” y que nuestros hermanos nos animen (2 Cor. 4:7). w13 15/8 3:3

Cesen de amoldarse a este sistema de cosas; más bien, transfórmense (Rom. 12:2).

Los antiguos romanos no hacían mucho por tener una relación personal con sus deidades. Para ellos, la religión consistía principalmente en ritos conectados con los nacimientos, las bodas y los funerales, ritos que eran parte de su vida diaria. Todo aquello imponía muchas presiones a los cristianos de Roma. Muchos de ellos se habían criado en ese ambiente, así que para ser auténticos cristianos necesitaban transformarse. Y esa transformación no acabaría el día de su bautismo. El mundo de hoy también es un lugar peligroso para los cristianos. ¿Por qué? Porque el espíritu del mundo está por todas partes (Efes. 2:2, 3; 1 Juan 2:16). Día tras día nos vemos expuestos a los deseos, ideas, valores y normas morales de este mundo, así que estamos en constante peligro de ser asimilados por él. De modo que tenemos muchas razones para seguir el consejo de Pablo registrado en el texto de hoy. w1315/9 3:7, 8

Estuvieron haciendo confesión e inclinándose ante Jehová su Dios (Neh. 9:3).

Durante esta celebración de la fiesta de las Cabañas, los levitas, en nombre de todo el pueblo, le dirigieron a Jehová una oración memorable (Neh. 9:1-4). De seguro los levitas acostumbraban leer la Ley de Dios, y eso los ayudó a preparar una oración tan significativa. Al principio de la oración se centraron en las obras y cualidades de Jehová. Y luego pasaron a enumerar los muchos pecados de los israelitas, pero destacaron vez tras vez la “abundante misericordia” de Dios y reconocieron sin rodeos que no la merecían (Neh. 9:19, 27, 28, 31). Si copiamos el ejemplo de los levitas y meditamos todos los días en la Palabra de Dios, podemos hacer que nuestras oraciones sean profundas y llenas de significado. De esa manera, permitiremos que Jehová sea el primero en hablar y tendremos más cosas que decirle (Sal. 1:1, 2). Los levitas solo le hicieron una humilde petición personal a Jehová (Neh. 9:32). ¿Qué aprendemos de su ejemplo? Que en nuestras oraciones primero debemos alabar y dar gracias a Jehová y después hacerle nuestras peticiones personales. w13 15/10 3:5-7

Ezequías siguió haciendo lo que era recto a los ojos de Jehová (2 Crón. 29:2).

Cuando el rey Acaz murió, en el año 746 antes de nuestra era, su joven hijo Ezequías heredó un reino de Judá totalmente arruinado, tanto en sentido material como espiritual. ¿Cuál sería su prioridad? ¿Sacar al país de la pobreza? No. Ezequías era un hombre espiritual, un valioso pastor para aquel rebaño compuesto por toda una nación. Lo primero que hizo fue restablecer la adoración pura y ayudar a aquella nación rebelde a recuperar su relación con Jehová. Comprendía lo que Dios esperaba de él y actuó con decisión (2 Crón. 29:1-19). Invitó a todo Judá e Israel a celebrar una gran Pascua (2 Crón. 30:25, 26). ¡Qué motivadora fue aquella celebración para todos los habitantes de Judá! En 2 Crónicas 31:1 leemos: “Tan pronto como acabaron todo esto, […] procedieron a quebrar las columnas sagradas y a cortar los postes sagrados y a demoler los lugares altos y los altares”. De este modo tan impresionante, Judá comenzó a regresar a Jehová. w13 15/11 3:6, 8

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