Audio Texto del miércoles, 26 de noviembre de 2014

Observ[en] la unidad del espíritu en el vínculo unidor de la paz (Efes.4:3).

Alcanzamos la unidad cuando obedecemos los mandatos de Jehová y nos dejamos moldear por el espíritu santo. Sobre la base del sacrificio redentor de Cristo, Jehová ha declarado justos como hijos a sus ungidos y justos como amigos a las otras ovejas. Sin embargo, mientras cualquiera de nosotros siga vivo en la Tierra en este sistema de cosas, sin duda surgirán diferencias personales (Rom. 5:9; Sant. 2:23). De otro modo no hubiera sido necesario el consejo inspirado de que los cristianos sigan “soportándose unos a otros”. ¿Cómo alcanzamos, pues, la unidad con nuestros hermanos en la fe? Necesitamos cultivar “completa humildad mental y apacibilidad” (Efes. 4:1, 2). Para aplicar este consejo hay que dejarse guiar por el espíritu de Dios y permitir que produzca su fruto en nosotros. En contraste con las divisivas obras de la carne, el fruto del espíritu lima cualquier desavenencia que pueda surgir. w1215/7 4:6, 7

Jehová sabe librar de la prueba a personas de devoción piadosa (2 Ped. 2:9).

Suponga que usted está buscando trabajo. Si vive en un país donde es difícil conseguirlo, pudiera verse tentado a aceptar la primera oferta que se presente, sea cualsea. Pero ¿y si ese empleo viola algún principio bíblico? ¿Y si el horario o los viajes limitaran su participación en las actividades cristianas o lo separaran de su familia? ¿Aceptaría la oferta de todos modos, quizás razonando que, al fin y al cabo, tener ese trabajo es mejor que no tener ninguno? No olvide que una mala decisión podría alejarlo de Jehová (Heb. 2:1). Debemos tener presente nuestro objetivo en la vida. Pregúntese: “¿Adónde quiero que me lleve mi trabajo o profesión?”. Si usted ve el trabajo como un medio para alcanzar un fin —el de mantenerse a sí mismo y a su familia para servir a Jehová—, entonces él bendecirá sus esfuerzos (Mat. 6:33). Nuestro Padre celestial no se queda paralizado sin saber qué hacer cuando perdemos el empleo o tenemos problemas económicos (Is. 59:1). w13 15/1 2:5, 6

Audio Texto del lunes, 24 de noviembre de 2014

Si perdonan a los hombres sus ofensas, su Padre celestial también los perdonará a ustedes (Mat. 6:14).

La disposición a perdonar a quienes nos ofenden, sean o no miembros de la congregación cristiana, es fundamental para mantener relaciones pacíficas con nuestros familiares, amigos y semejantes, así como con Jehová. Las Escrituras indican que es un requisito cristiano, sin importar la frecuencia con que los demás pequen contra nosotros. Jesús usó el ejemplo de un esclavo a quien su amo le perdonó una enorme deuda. Como este esclavo no le tuvo misericordia a otro esclavo que le debía una suma muchísimo menor, su amo hizo que lo metieran en la cárcel (Mat. 18:21-34). Jesús dijo en conclusión: “Del mismo modo también tratará mi Padre celestial con ustedes si no perdonan de corazón cada uno a su hermano” (Mat. 18:35). Por lo tanto, cualquiera que desee la amistad de Jehová está obligado a perdonar los defectos de su prójimo. w1215/11 5:3-5

Sean obedientes a los que llevan la delantera entre ustedes, y sean sumisos, porque ellos están velando por las almas de ustedes (Heb. 13:17).

La actitud de un cristiano puede verse sometida a prueba cuando se le corrige o se le retiran sus privilegios de servicio. En una congregación, los ancianos hablaron con un hermano joven sobre su costumbre de jugar con videojuegos violentos. Por desgracia, no escuchó sus consejos y tuvo que ser dado de baja como siervo ministerial porque ya no satisfacía los requisitos bíblicos (Sal. 11:5; 1 Tim. 3:8-10). Después de eso comenzó a manifestar en público su desacuerdo, envió a la sucursal numerosas cartas de queja y hasta animó a otros miembros de la congregación a hacer lo mismo. ¿De veras vale la pena poner en peligro la paz de toda la congregación solo para tratar de justificar nuestros actos? Es mucho mejor ver la censura como un medio para descubrir defectos propios que tal vez no veíamos y entonces aceptar la corrección sin quejarnos (Lam. 3:28, 29). w12 15/10 2:8, 9

No saben ni el día ni la hora (Mat. 25:13).

No saber cuándo llegará el fin nos permite demostrar lo que tenemos en el corazón. Jehová respeta nuestra dignidad, y por eso nos da libertad para decidir si le seremos leales. Claro, todos deseamos sobrevivir a la destrucción de este sistema, pero si servimos a Jehová no es solo porque queremos vivir para siempre, sino porque lo amamos (Sal. 37:4). Nos gusta hacer lo que nos manda y sabemos que sus enseñanzas son para nuestro bien (Is. 48:17). Además, desconocer en qué momento vendrá el fin nos da la oportunidad de alegrar el corazón de Jehová. Cuando le servimos porque lo amamos —y no simplemente porque pensamos en una fecha o en una recompensa—, le damos base para rebatir las absurdas acusaciones de su enemigo, Satanás (Job 2:4, 5; Prov. 27:11). Después de todo el dolor y el sufrimiento que ha provocado el Diablo, con gusto defendemos la soberanía de Jehová y nos oponemos al maléfico dominio de Satanás. w12 15/9 4:5, 6

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