De ninguna manera estamos dando causa alguna para tropiezo (2 Cor. 6:3).

Nuestra habla y nuestra conducta recta adornan la enseñanza divina, de forma que la adoración de Jehová les resulta atrayente a los demás (Tito 2:10). A menudo nos enteramos del efecto positivo que se produce cuando personas sinceras observan nuestra conducta cristiana. Pero reconocemos que lo contrario también es cierto. Por eso, donde sea que estemos, procuramos que nadie encuentre ninguna falta en nuestro ministerio o nuestra conducta. Si practicáramos el pecado a sabiendas, las consecuencias para nosotros serían desastrosas (Heb. 10:26, 27). Esta idea debe animarnos a meditar con ayuda de la oración en lo que estamos haciendo y en lo que nuestra vida dice de nosotros. A medida que este mundo rebaje sus normas morales, las personas sinceras verán mejor “la distinción […] entre uno que sirve a Dios y uno que no le ha servido” (Mal. 3:18). En efecto, nuestra buena conducta desempeña un papel muy importante en que la gente se reconcilie con Dios. w13 15/5 2:10, 11