Toda Escritura es provechosa para rectificar las cosas (2 Tim. 3:16).

Cuando los líderes religiosos judíos se quejaron de que Jesús trataba con bondad a “los recaudadores de impuestos y pecadores”, Jesús les respondió: “Las personas en salud no necesitan médico, pero los enfermizos sí. Vayan, pues, y aprendan lo que esto significa: ‘Quiero misericordia, y no sacrificio’” (Mat. 9:11-13). Él explicaba con paciencia y bondad los mensajes divinos, y por eso los humildes aprendieron que Jehová es “un Dios misericordioso y benévolo, tardo para la cólera y abundante en bondad amorosa y verdad” (Éx. 34:6). Gracias al esfuerzo del Hijo de Dios por “rectificar las cosas”, muchos llegaron a tener fe en las buenas nuevas. El ejemplo de Jesús nos enseña cómo ayudar al prójimo. Alguien que está enojado pudiera decir bruscamente: “¡Vamos a poner las cosas claras!”. Pero las Escrituras no nos autorizan a regañar a nadie. Al igual que “las estocadas de una espada”, las expresiones hirientes suelen provocar mucho dolor y pocas veces producen beneficios (Prov. 12:18). w13 15/4 2:12, 13