Por medio de él tenemos la liberación por rescate mediante la sangre de ese (Efes. 1:7).

Celebrar la Pascua judía era parte de la Ley mosaica, y los cristianos no estamos bajo ella (Rom. 10:4; Col. 2:13-16). Más bien, nosotros conmemoramos otro acontecimiento: la muerte del Hijo de Dios. Aun así, podemos aprender mucho de algunos aspectos de aquella Pascua que se instituyó en Egipto. La sangre del cordero, con la que se rociaron los postes y el dintel de las puertas de las casas, fue el medio para salvar la vida de los primogénitos israelitas. Hoy en día no le sacrificamos animales a Dios. Pero hay un sacrificio de mayor valor que nos da la posibilidad de vivir para siempre. Cuando el apóstol Pablo escribió sobre “la congregación de los primogénitos que han sido matriculados en los cielos”, aclaró que el medio por el cual esos cristianos ungidos pueden vivir para siempre es “la sangre de la rociadura”, la sangre de Jesús (Heb. 12:23, 24). Los cristianos que abrigan la esperanza de vivir eternamente en la Tierra dependen de esa misma sangre para su salvación. Por tanto, todos debemos recordarnos a nosotros mismos las palabras que encontramos en el texto de hoy. w13 15/12 3:17, 18

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