Sean como personas libres, y, sin embargo, tengan su libertad, no como disfraz para la maldad, sino como esclavos de Dios (1 Ped. 2:16).

Cumplir con nuestra dedicación conlleva obstáculos. En realidad, tenemos una lucha doble. En primer lugar, nos enfrentamos al mismo conflicto que tenía Pablo: “Verdaderamente me deleito en la ley de Dios conforme al hombre que soy por dentro —escribió—, pero contemplo en mis miembros otra ley que guerrea contra la ley de mi mente y que me conduce cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rom. 7:22, 23). Nosotros tenemos esa misma lucha diaria contra las malas inclinaciones, pues todos hemos heredado la imperfección. En segundo lugar, tenemos que luchar contra un mundo controlado por demonios. Satanás, el gobernante de este mundo, nos ataca con sus misiles para que dejemos de ser leales a Jehová y a Jesús. Quiere esclavizarnos, y para ello nos pone tentaciones (Efes. 6:11, 12). Una de sus tácticas consiste en hacer que su mundo parezca atractivo (1 Juan 2:15, 16). w13 15/10 2:5, 6