Murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para el que murió por ellos y fue levantado (2 Cor. 5:15).

Los primeros cristianos amaban a Dios y agradecían el inestimable honor de servirle. Por eso aceptaron encantados “el ministerio de la reconciliación”. Su labor de predicar y hacer discípulos abrió el camino para que muchas personas sinceras pudieran alcanzar la paz con Dios, tener una amistad con él y finalmente llegar a ser sus hijos espirituales. Hoy día, los cristianos ungidos llevan a cabo el mismo ministerio. En su función de embajadores de Dios y de Cristo, les dan a las personas mansas la oportunidad de ser atraídas por Jehová y convertirse en sus siervos (2 Cor. 5:18-20; Juan 6:44; Hech. 13:48). Agradecidos al Gran Proveedor, todos los cristianos con esperanza terrenal ayudan a los ungidos en la obra de predicar el Reino. w14 15/2 3:10-12