Existe el que habla irreflexivamente como con las estocadas de una espada, pero la lengua de los sabios es una curación (Prov. 12:18).

Tenemos que “[animarnos] unos a otros, y tanto más al contemplar […] que el día se acerca” (Heb. 10:25). Animar a nuestros hermanos implica motivarlos a seguir sirviendo a Dios. Incitarnos al amor y a las buenas obras puede compararse a avivar las llamas de un fuego que está a punto de apagarse, y animar a los hermanos es como echarle leña para que siga ardiendo o cobre más fuerza. Quienes están abatidos en la congregación necesitan que los fortalezcamos y consolemos. Hablémosles con cariño y suavidad. Además, hay que ser “presto en cuanto a oír” y “lento en cuanto a hablar” (Sant. 1:19). Si escuchamos a nuestros hermanos con atención y nos ponemos en su lugar, seremos capaces de entender por qué están desanimados y así podremos decirles algo que los ayude. w13 15/8 3:13