Ezequías los ilusiona al decir: “Jehová mismo nos librará” (2 Rey. 18:32).

Sabiamente, los habitantes de Jerusalén se negaron a responder a la propaganda difamatoria de Senaquerib, el rey de Asiria, como también hacen a menudo los siervos de Jehová de nuestros días (2 Rey. 18:35, 36). Ezequías tenía motivos para estar preocupado, pero en vez de recurrir a una potencia extranjera, mandó llamar a Isaías el profeta. Este le dijo: “[Senaquerib] no entrará en esta ciudad, ni disparará allí una flecha” (2 Rey. 19:32). Todo lo que los habitantes de Jerusalén tenían que hacer era quedarse donde estaban. Jehová lucharía por Judá. ¡Y así lo hizo! “En aquella noche el ángel de Jehová procedió a salir y a derribar a ciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios.” (2 Rey. 19:35.) Judá se salvó, pero no porque Ezequías cegara los manantiales de la ciudad ni edificara sus muros, sino porque Jehová intervino. w13 15/11 3:14, 15