Dios se opone a los altivos, pero da bondad inmerecida a los humildes (Sant. 4:6).

La buena comunicación en el matrimonio es como un arroyo que discurre tranquilamente por un parque. Ser “de mente humilde” es vital para que ese arroyo siga fluyendo (1 Ped. 3:8). “La humildad es la vía más rápida para resolver problemas porque te impulsa a pedir perdón”, observó un hermano que lleva casado once años. En cambio, el orgullo no contribuye para nada a llevarse bien. Dificulta la comunicación, pues quita el deseo de pedir perdón y el valor que se requiere para hacerlo. En lugar de ser humilde y decir “lo lamento, perdóname”, la persona orgullosa pone excusas. En lugar de ser valiente y reconocer sus debilidades, busca las faltas de su cónyuge. Cuando se siente atacada, en lugar de hacer las paces, se ofende y hasta contraataca con palabras hirientes o dejando de hablar (Ecl. 7:9). No hay duda: el orgullo puede destruir el matrimonio. w13 15/5 3:13, 14