Estaban desolladas y desparramadas como ovejas sin pastor (Mat. 9:36).

¿Por qué se hallaban las muchedumbres en ese estado tan lastimoso? Porque los que tenían la responsabilidad de enseñar la Ley al pueblo eran hipócritas, ásperos y exigentes. En vez de ayudar y alimentar a las ovejas de su rebaño, los líderes religiosos de Israel les ponían “cargas pesadas” sobre los hombros (Mat. 23:4). Los pastores cristianos de nuestros días —los ancianos nombrados— tienen una gran responsabilidad. Las ovejas que atienden son de Jehová y de Jesús, quien se llamó a sí mismo “el pastor excelente” (Juan 10:11). Jesús pagó por ellas un precio muy alto: su propia “sangre preciosa” (1 Cor. 6:20; 1 Ped. 1:18, 19). Él las ama tanto que sacrificó voluntariamente su vida por ellas. Los ancianos siempre deben recordar que son pastores que trabajan bajo la supervisión del amoroso Hijo de Dios, Jesucristo, el “gran pastor de las ovejas” (Heb. 13:20). w13 15/11 5:2, 3