En el año catorce del rey Ezequías, Senaquerib el rey de Asiria subió contra todas las ciudades fortificadas de Judá y procedió a apoderarse de ellas (2 Rey. 18:13).

Imagínese cómo se habría sentido usted si hubiera vivido en Jerusalén en aquel tiempo. Por supuesto, Ezequías estaba muy al tanto del peligro que se avecinaba, pero en vez de buscar desesperado la ayuda de alguna nación pagana como había hecho su padre, Acaz, puso su confianza en Jehová (2 Crón. 28:20, 21). Tal vez conociera las palabras de Miqueas, un profeta de aquel tiempo que predijo: “En cuanto al asirio, […] tendremos que levantar contra él siete pastores, sí, ocho adalides de la humanidad. Y realmente pastorearán la tierra de Asiria con la espada” (Miq. 5:5, 6). Seguro que estas palabras divinamente inspiradas animaron a Ezequías, pues indicaban que un ejército muy poco común sería alzado contra los agresores asirios y que estos acabarían derrotados. w13 15/11 3:9, 10

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