Cesen de amoldarse a este sistema de cosas; más bien, transfórmense (Rom. 12:2).

Los antiguos romanos no hacían mucho por tener una relación personal con sus deidades. Para ellos, la religión consistía principalmente en ritos conectados con los nacimientos, las bodas y los funerales, ritos que eran parte de su vida diaria. Todo aquello imponía muchas presiones a los cristianos de Roma. Muchos de ellos se habían criado en ese ambiente, así que para ser auténticos cristianos necesitaban transformarse. Y esa transformación no acabaría el día de su bautismo. El mundo de hoy también es un lugar peligroso para los cristianos. ¿Por qué? Porque el espíritu del mundo está por todas partes (Efes. 2:2, 3; 1 Juan 2:16). Día tras día nos vemos expuestos a los deseos, ideas, valores y normas morales de este mundo, así que estamos en constante peligro de ser asimilados por él. De modo que tenemos muchas razones para seguir el consejo de Pablo registrado en el texto de hoy. w1315/9 3:7, 8