¡Basta! Ahora, oh Jehová, quítame el alma (1 Rey. 19:4).

Los sentimientos de Elías eran reales. A solas, comenzó a pensar en lo inútil que había sido su labor. Se había juzgado a sí mismo según sus propias normas y había llegado a la conclusión de que era un fracaso, que no valía para Jehová ni para nadie más. Pero el Todopoderoso veía las cosas de manera diferente. A sus ojos, Elías era muy valioso, y se aseguró de hacérselo saber. ¿Qué hizo? Le envió un ángel con el fin de fortalecerlo. También le suministró comida y bebida que lo sostendría durante su viaje de cuarenta días al monte Horeb. Y le mostró con bondad que estaba equivocado al pensar que era el único israelita que se había mantenido leal. Note además que Dios le encargó nuevas misiones, las cuales Elías aceptó. El profeta se benefició mucho de la ayuda que Jehová le brindó y retomó su comisión con energías renovadas (1 Rey. 19:5-8, 15-19). w14 15/3 2:12, 14, 15

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