No deben comer de él, no, no deben tocarlo para que no mueran (Gén. 3:3).

Por desgracia, en vez de aceptar a Jehová como su Soberano, Adán y Eva prefirieron unirse a Satanás, un hijo espiritual de Dios que se hizo rebelde (Gén. 3:1-6). Pero vivir apartados del gobierno divino solo les trajo dolor, sufrimiento y muerte tanto a ellos como a sus descendientes (Gén. 3:16-19; Rom. 5:12). A Jehová ya no le quedaban súbditos obedientes en la Tierra. ¿Significaba eso que ya no estaba al mando, que había renunciado a ser el Soberano de la Tierra y sus habitantes? ¡Claro que no! Dios siguió ejerciendo su autoridad al echar del jardín de Edén a nuestros primeros padres y colocar querubines a la entrada para evitar que volvieran (Gén. 3:23, 24). Al mismo tiempo, demostró su amor de padre asegurando que cumpliría su propósito de tener una familia universal de hijos fieles, tanto espirituales como humanos. Prometió que vendría una “descendencia” que acabaría con Satanás y con los efectos del pecado de Adán (Gén. 3:15). w14 15/1 1:6

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