Tengan en sujeción los peces del mar y las criaturas voladoras de los cielos y toda criatura viviente que se mueve sobre la tierra (Gén. 1:28).

A diferencia de muchos reyes humanos, a Jehová le gusta delegar responsabilidades en sus súbditos y así demostrarles que confía en ellos como miembros de su familia. A Adán, por ejemplo, le dio autoridad sobre los animales y le encargó la emocionante tarea de ponerles nombre (Gén. 1:26; 2:19, 20). Por otro lado, para poblar el planeta, Dios pudo haber creado millones de seres humanos perfectos por separado, pero prefirió hacerle a Adán un complemento perfecto: una mujer, Eva (Gén. 2:21, 22). Así le dio a la pareja la oportunidad de llenar la Tierra con sus descendientes. En condiciones perfectas, los seres humanos extenderían los límites del Paraíso hasta que abarcara todo el globo terráqueo. Entonces, junto con los ángeles en los cielos, adorarían a Dios para siempre como una familia universal unida. ¡Qué magnífico porvenir! ¡Y qué prueba del amor paternal que nos tiene Jehová! w14 15/1 1:4, 5