Oh hombre, ¿quién, pues, eres tú, realmente, para que repliques contra Dios?(Rom. 9:20.)

Si un amigo en quien confiamos hiciera una cosa que en un principio no entendiéramos o nos pareciera rara, ¿nos apresuraríamos a acusarlo de algo malo? ¿Verdad que le concederíamos el beneficio de la duda, sobre todo si lo conocemos desde hace muchos años? Pues bien, si a nuestros amigos imperfectos los tratamos así, ¿no deberíamos con mucha más razón confiar en nuestro Padre celestial, cuyos caminos y pensamientos son mucho más elevados que los nuestros? En realidad, quizás seamos nosotros los responsables de algunos de nuestros problemas. En ese caso, debemos reconocerlo (Gál. 6:7). Por supuesto, no todos nuestros problemas son resultado de nuestros errores o pecados. Algunas cosas son consecuencia del “tiempo y el suceso imprevisto” (Ecl. 9:11). Pero recordemos que, en definitiva, el principal culpable de la maldad es Satanás (1 Juan 5:19; Rev. 12:9). ¡El enemigo es él, no Jehová! (1 Ped. 5:8.) w13 15/8 2:18-21