El deseo de los ojos y la exhibición ostentosa del medio de vida de uno no se originan del Padre (1 Juan 2:16).

El apóstol Juan mencionó un señuelo que pudiera entramparnos: “el deseo de los ojos”. Esta expresión da a entender que es posible empezar a desear algo con tan solo mirarlo. Notemos que Satanás “le mostró [a Jesús] todos los reinos de la tierra habitada en un instante de tiempo; y […] le dijo: ‘Te daré toda esta autoridad y la gloria de ellos’” (Luc. 4:5, 6). Obviamente, Jesús no vio todos aquellos reinos con sus ojos físicos. Satanás se los mostró en una visión, pensando que se sentiría tentado al ver su gloria. Entonces tuvo el atrevimiento de decirle: “Si tú haces un acto de adoración delante de mí, todo será tuyo” (Luc. 4:7). Jesús, sin embargo, no quería en absoluto ser la clase de persona que Satanás deseaba que fuera. Por eso contestó: “Está escrito: ‘Es a Jehová tu Dios a quien tienes que adorar, y es solo a él a quien tienes que rendir servicio sagrado’” (Luc. 4:8).w13 15/8 4:5, 9, 10

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