Amaban la gloria de los hombres más que la misma gloria de Dios (Juan 12:43).

La gloria de los hombres puede oscurecer la gloria divina. ¿Cómo es posible? Para entenderlo, comparemos la gloria a la luz. El universo está lleno de luz. ¿Recuerda la última noche que miró al cielo y descubrió un manto de miles de estrellas? “La gloria de los cuerpos celestes” nos deja boquiabiertos (1 Cor. 15:40, 41). Ahora bien, cuando miramos al cielo en una ciudad muy iluminada, ¿se ve igual? Claro que no. Las luces de la ciudad casi no nos dejan disfrutar del brillo de las lejanas estrellas. Esto no se debe a que las luces de las calles, los estadios deportivos o los edificios sean más brillantes y hermosas que las del cielo, sino a que están más cerca de nosotros y estorban nuestra visión de la creación de Jehová. Como las luces de la ciudad, la gloria de los hombres pudiera estar muy cerca de nuestro corazón e impedir que valoráramos la gloria que Jehová quiere darnos. w13 15/2 4:68, 9