Tú, […] el que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? (Rom. 2:21.)

Un matrimonio que fracasa pone en entredicho el estado espiritual de los cónyuges. El apóstol Pablo planteó esta seria pregunta: “Si de veras no sabe algún hombre presidir su propia casa, ¿cómo cuidará de la congregación de Dios?” (1 Tim. 3:5). Cuando ambos afirman ser cristianos y aun así su matrimonio falla, quienes observen la situación pueden pensar que en realidad predican una cosa y hacen otra (Rom. 2:22-24). Si dos cristianos bautizados están planeando separarse o divorciarse sin base bíblica, es evidente que algo anda mal en su vida espiritual. Puede ser que uno o quizás ambos cónyuges no estén aplicando los principios bíblicos. Si verdaderamente confiaran en Jehová “con todo [su] corazón”, tendrían que ser capaces de salvar su matrimonio (Prov. 3:5, 6). w12 15/5 2:7, 8