Cualquiera que se divorcie de su esposa, a no ser por motivo de fornicación, y se case con otra, comete adulterio (Mat. 19:9).

Quienes son desdichados con su cónyuge tal vez se pregunten: “¿De veras vale la pena salvar este matrimonio tan infeliz? ¡Si pudiera volver atrás en el tiempo y casarme con otra persona!”. Quizá sueñen con romper su matrimonio y se digan: “¡Así sería libre de nuevo! ¿Por qué no me divorcio? Aunque no haya base bíblica, ¿por qué no me separo y vuelvo a disfrutar de la vida?”. En vez de fantasear o de pensar en lo que podría haber sido, los cristianos deben buscar la guía divina y esforzarse por seguirla dentro de sus circunstancias. Si un cristiano se divorcia, eso no implica de forma automática que esté bíblicamente libre para casarse de nuevo. Por lo tanto, si un cristiano empieza a pensar en divorciarse sin que ninguno de los cónyuges sea culpable de inmoralidad sexual, debe buscar la ayuda y la guía de Dios. w1215/5 2:5, 6