Sus mandamientos no son gravosos (1 Juan 5:3).

En lugar de mostrarse agradecidos y valorar la libertad que habían recibido, Adán y Eva prefirieron hacer caso a Satanás y tomarse indebidamente la libertad de decidir por sí mismos lo que era bueno o malo. Creyeron que así serían más libres, pero se equivocaron. Lo único que lograron fue sujetarse a sí mismos y a todos sus descendientes a las cadenas del pecado, con terribles consecuencias (Rom. 5:12). Si Satanás consiguió que dos humanos perfectos —y un número indeterminado de ángeles— rechazaran la autoridad divina, no hay duda de que también podría engañarnos a nosotros. Su estrategia, como siempre, consiste en convencernos de que las normas de Dios son demasiado estrictas y hacen la vida aburrida. Si nos exponemos demasiado a este tipo de ideas, podrían empezar a afectarnos. Una hermana de 24 años que cometió inmoralidad sexual admitió: “Las malas amistades influyeron mucho en mí, sobre todo porque no me atrevía a llevarles la contraria”. w1215/7 2:2, 3

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