El temblar ante los hombres es lo que tiende un lazo (Prov. 29:25).

El gobernador romano Poncio Pilato sabía que Jesús era inocente y, al parecer, no deseaba causarle ningún daño. De hecho, admitió: “Nada que merezca la muerte ha sido cometido por él”. Pero, a pesar de todo, condenó al Hijo de Dios a la pena capital. ¿Por qué? Porque se dejó intimidar por la multitud (Luc. 23:15, 21-25). El gentío le gritó: “Si pones en libertad a este, no eres amigo de César” (Juan 19:12). Pilato tal vez tenía miedo de perder su puesto —o incluso la vida— si se ponía de parte de Cristo. De modo que cedió a la presión y acabó haciendo la voluntad del Diablo. Pilato no sabía mucho sobre Cristo, salvo que se trataba de un hombre fuera de lo común y que era inocente. Pero este gobernador ni era humilde ni amaba al Dios verdadero, y por eso fue presa fácil para el Diablo. w12 15/8 3:8, 912