Nadie puede venir a a menos que el Padre, que me envió, lo atraiga (Juan 6:44).

Si formamos parte de la congregación cristiana, no es porque nosotros lo hayamos solicitado —como quien se inscribe en un club social—, sino porque Jehová nos trajo a ella. ¿Y por qué lo hizo? ¿Acaso fue porque ya éramos personas rectas y devotas? Seguramente no. Entonces, ¿en qué se fijó Jehová? Miró en nuestro interior y vio que teníamos un buen corazón, que nos someteríamos de buena gana a su bondadosa dirección y que acataríamos la ley de la libertad. Una vez dentro de la congregación, Jehová alimentó nuestro corazón espiritual, nos liberó de las mentiras y las supersticiones religiosas y nos enseñó a cultivar la personalidad cristiana (Efes. 4:22-24). Gracias a él, ahora tenemos el honor de formar parte del único grupo en el mundo que es “un pueblo libre” (Sant. 2:12). La libertad que sentimos ahora en el pueblo de Dios es solo un pequeño anticipo de la que disfrutaremos en el futuro. w12 15/7 1:15, 16

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