Ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios ha unido bajo un yugo, no lo separe ningún hombre (Mat. 19:6).

Estemos solteros o casados, todos debemos tener presentes estas palabras de Jesús. Desear al cónyuge de otra persona es un pecado (Deut. 5:21). Si cualquier cristiano llega a albergar ese deseo impuro, debe desarraigarlo de inmediato, aunque le suponga un gran dolor emocional por haber permitido que ese anhelo egoísta creciera en su interior (Mat. 5:27-30). Es vital que rechace los malos pensamientos y reprima los impulsos pecaminosos de un corazón traicionero (Jer. 17:9). Incluso muchos que conocen poco o nada a Dios y su maravilloso regalo del matrimonio demuestran al menos cierta gratitud por el vínculo matrimonial. En cambio, nosotros hemos dedicado nuestra vida a Jehová, el “Dios feliz” (1 Tim. 1:11). Por eso, ¡cuánto más deberíamos regocijarnos por todas sus dádivas y demostrar que de veras apreciamos el don divino del matrimonio! w12 15/5 1:17, 18