Yo mismo regresé para poder ver todos los actos de opresión que se están haciendo bajo el sol, y, ¡mira!, las lágrimas de aquellos a quienes se oprimía, pero no tenían consolador (Ecl. 4:1).

Hoy día, las cosas están igual que en los días de Salomón, o incluso peor. ¿Quién no ha derramado lágrimas en alguna ocasión? Cierto es que a veces podemos llorar de alegría, pero normalmente el llanto es el reflejo de un corazón que sufre. Todos sufrimos desgracias —sean grandes o pequeñas—, y todos tenemos una enorme necesidad de recibir alivio y consuelo. Eso es justo lo que el Reinado de Mil Años les brindará a sus súbditos, pues la Biblia promete que Dios “limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor” (Rev. 21:4). Es maravilloso saber que la tristeza, el llanto y el dolor van a desaparecer. Pero Dios también ha prometido acabar con algo aún peor, el mayor enemigo de la humanidad: la muerte. w12 15/9 2:10, 12