De veras alzo la mano en juramento a Jehová (Gén. 14:22).

Las criaturas perfectas que aman a Dios y lo imitan no necesitan jurar, pues siempre dicen la verdad y confían por completo unas en otras. Pero todo cambió cuando el ser humano cayó en el pecado y la imperfección. Con el tiempo, la mentira y el engaño se hicieron comunes entre los hombres, así que vieron necesario hacer juramentos para garantizar la veracidad de asuntos importantes. Abrahán empleó ese recurso legal al menos en tres ocasiones (Gén. 21:22-24; 24:2-4, 9). Una de ellas fue después de derrotar al rey de Elam y sus aliados (Gén. 14:17-20). Cuando el rey de Sodoma quiso recompensar a Abrahán por rescatar a su pueblo de los ejércitos invasores, Abrahán le contestó: “Desde un hilo hasta una correa de sandalia, no, no tomaré nada de lo que es tuyo, para que no digas: ‘Yo fui quien enriqueció a Abrán’” (Gén. 14:21-23). w12 15/10 3:4, 5

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