¿Es la sangre de estos hombres lo que debería beber a riesgo de sus almas? (1 Crón. 11:19.)

En cierta ocasión, David tenía muchas ganas de “beber del agua de la cisterna de Belén”. Tres de sus hombres entraron por la fuerza en la ciudad —ocupada entonces por los filisteos— y volvieron con el agua. Sin embargo, “David no consintió en beberla, sino que se la derramó a Jehová” (1 Crón. 11:15-18). Como conocía la Ley, David sabía que la sangre no debía ingerirse, sino derramarse ante Jehová. También entendía el porqué, ya que la Ley indicaba que “el alma de la carne [es decir, su vida] está en la sangre”. Pero si aquello era agua y no sangre, ¿por qué se negó a beberla? Porque comprendía el principio en que se basaba ese requisito legal: que Jehová considera sagrada la sangre. En vista de que estos tres hombres habían arriesgado su vida, David llegó a la conclusión de que beber esa agua habría sido una falta de respeto a la sangre de ellos. Por lo tanto, la derramó en el suelo, porque le resultaba inconcebible beberla (Lev. 17:11; Deut. 12:23, 24). w12 15/11 1:12, 13

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