Dios procedió a bendecir el día séptimo y a hacerlo sagrado, porque en él
ha estado descansando de toda su obra que Dios ha creado con el
propósito de hacer (Gén. 2:3).

Tras iniciarse el día de descanso de Dios, sobrevino el desastre. Satanás, quien era un ángel de Dios, se alzó como un dios rival cuando le dijo a Eva la primera mentira y la indujo a desobedecer a su Creador (1 Tim. 2:14). A su vez, ella consiguió que su esposo se le uniera en su mal proceder (Gén. 3:1-6). Incluso en ese triste momento de la historia universal en que se puso en duda su veracidad, Jehová no vio necesario confirmar con un juramento que su propósito se haría realidad a pesar de todo. Más bien, con palabras que se entenderían cuando él lo estimara oportuno, simplemente declaró cómo se aplastaría la rebelión. Le dijo a Satanás: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la descendencia de ella. Él [la Descendencia prometida] te magullará en la cabeza y tú le magullarás en el talón” (Gén. 3:15; Rev. 12:9). w12 15/10 3:2, 3

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