El rey de Babilonia vino a Jerusalén y procedió a ponerle sitio (Dan.1:1).

Jehová permitió que los babilonios conquistaran Jerusalén y se llevaran cautivos a sus habitantes (2 Rey. 20:16-18). Profetizó que se cortaría la línea de reyes humanos que se sentarían “sobre el trono de Jehová” en Jerusalén (1 Crón. 29:23). Pero también prometió que un descendiente del rey David —alguien con “el derecho legal”— vendría y reclamaría esa autoridad (Ezeq. 21:25-27). Según otra profecía, cuando llegara el Mesías prometido —el Ungido de Jehová—, los judíos aún estarían adorando a Dios en el templo de Jerusalén (Dan. 9:24-27). Y una profecía anterior, escrita antes de que los israelitas fueran desterrados a Babilonia, anunció que el Mesías nacería en Belén (Miq. 5:2). Para que estas predicciones se cumplieran, era necesario que los judíos fueran liberados, volvieran a su tierra y reconstruyeran el templo.w12 15/6 1:9-11

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