Es inconcebible, de parte mía, desde el punto de vista de Jehová, que yo haga esta cosa a mi señor, el ungido de Jehová (1 Sam. 24:6).

Cuando David huía de Saúl, este salió a perseguirlo en el desierto con 3.000 hombres escogidos de todo Israel (1 Sam. 24:2). Un día, Saúl entró sin saberlo en la misma cueva en que estaban David y sus hombres. David pudo aprovechar la oportunidad para acabar con aquel rey que lo quería ver muerto. Al fin y al cabo, la voluntad de Dios era que él lo reemplazara al frente de Israel (1 Sam. 16:1, 13). Y, de hecho, si hubiera seguido el consejo de sus hombres, lo habría matado (1 Sam. 24:4-7). Pero Saúl seguía siendo el rey ungido por Dios, y David no quería arrebatarle el trono, ya que Jehová aún le permitía sentarse en él. Al limitarse a cortarle la vestidura sin mangas, demostró que no tenía ninguna intención de hacerle daño (1 Sam. 24:11). w12 15/11 1:8