Esto por fin es hueso de mis huesos y carne de mi carne (Gén. 2:23).

¡Qué feliz se sintió Adán, el primer hombre, de tener una esposa! No es de extrañar que sus palabras se tornaran poéticas. Jehová lo había hecho caer en un sueño profundo y luego había creado a aquella bella mujer —a la que más tarde Adán llamó Eva— de una de sus costillas. Entonces, Dios los unió en feliz matrimonio. Puesto que Eva fue creada de una costilla de Adán, el vínculo que los unía era más estrecho que el de cualquier pareja casada de la actualidad. En su incomparable sabiduría, Jehová infundió en los seres humanos la capacidad de enamorarse, de modo que hombres y mujeres se atrajeran mutuamente. Una enciclopedia señala: “El hombre y la mujer que se casan esperan sentir una mutua y permanente atracción romántica y sexual” (The World Book Encyclopedia). Esto se ha cumplido incontables veces entre personas que sirven a Jehová. Y aunque Dios no empareja a nadie, sí que guía a los cristianos en este y otros aspectos de la vida si ellos se lo piden y se dejan dirigir por su espíritu (Gal. 5:18, 25). w1215/5 1:1-3

Anuncios