Si [la esposa] de hecho se fuera, que permanezca sin casarse, o, si no, que se reconcilie con su esposo (1 Cor. 7:11).

En algunas circunstancias, una cristiana podría decidir “irse de su esposo”. Por ejemplo, hay quien se ha separado porque él la sometía a un maltrato físico extremo, porque ponía en grave peligro su espiritualidad o porque se negaba deliberadamente a mantener a la familia. La decisión de separarse o no es una cuestión personal. Sin embargo, el cónyuge bautizado debe analizar el asunto con oración y sinceridad. El cristiano casado con un no creyente debe luchar por mantener intacto su vínculo marital. No obstante, no tiene por qué sentirse culpable si, a pesar de sus esfuerzos sinceros, el no creyente decide separarse. “Si el incrédulo procede a irse, que se vaya—escribió Pablo—; el hermano o la hermana no está en servidumbre en tales circunstancias; antes bien, Dios los ha llamado a ustedes a la paz.” (1 Cor. 7:15.) w12 15/5 2:13-15, 17

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