No es así entre ustedes (Mar. 10:43).

El cristiano que esté “procurando alcanzar un puesto de superintendente” hace bien en preguntarse qué lo motiva (1 Tim. 3:1). De igual modo, quienes ya realizan esa función deben plantearse con franqueza: “¿Habré caído yo en el mismo error que los apóstoles?”. Si a ellos les costó resistirse a los encantos del poder, lo mismo puede ocurrirles a los ancianos. Está claro que no pueden bajar la guardia. Por supuesto, hay momentos en que los pastores tienen que demostrar firmeza. Este es el caso, por ejemplo, cuando el rebaño se ve atacado por “lobos opresivos” (Hech. 20:28-30). La firmeza es igualmente necesaria para aplicar el consejo que Pablo le dio a Tito: “Sigue […] exhortando y censurando con plena autoridad” (Tito 2:15). Pero incluso en tales situaciones, han de tratar a los implicados con respeto y dignidad. ¿Por qué? Porque la mejor manera de llegarles al corazón y motivarlos a cambiar no es criticándolos con severidad, sino persuadiéndolos con amor. w11 15/6 3:17-19