Que su habla siempre sea con gracia, sazonada con sal (Col. 4:6).

¿Nos gusta que nos despierten bruscamente de un sueño profundo? A muchas personas les molesta, así que suele ser preferible hacerlo con suavidad. Pasa igual cuando intentamos despertar espiritualmente a la gente. Por ejemplo, si un amo de casa se enoja por nuestra visita, ¿qué es lo mejor que podemos hacer? Pues tratar de comprender cómo se siente, darle las gracias por su sinceridad y marcharnos con calma (Pro. 15:1; 17:14; 2 Tim. 2:24). Nuestra amabilidad quizás lo impulse a atender mejor al próximo Testigo que llame a su puerta. En otros casos quizás podamos vencer una objeción inicial. Hay quienes dicen “No, gracias, yo ya tengo mi religión”, o “No me interesa” simplemente porque les parece que ese es el modo más fácil de cortar la conversación. No obstante, con amabilidad y destreza podríamos formular una pregunta que intrigue a la persona y despierte su interés por los temas espirituales. w12 15/3 1:15, 16