La muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado (Rom. 5:12).

El Dios de amor ha dispuesto lo necesario para que nos curemos del pecado heredado. Pablo explicó que esto es posible gracias al “último Adán”, es decir, un hombre que, al igual que el primero, era perfecto (1 Cor. 15:45). Sin embargo, los dos actuaron de forma diferente y consiguieron resultados completamente distintos. Pablo señala que no sucede “con el don como […] con la ofensa”. ¿Qué ocurrió en el caso de “la ofensa”, es decir, el pecado de Adán? Él mismo fue el culpable, y recibió con toda justicia la sentencia de muerte. Pero, como añade el apóstol, no fue el único que perdió la vida: “Por la ofensa de un solo hombre muchos murieron” (Rom. 5:15, 16). La justicia de Dios exigía que los descendientes imperfectos de Adán —entre ellos nosotros— recibieran la misma condena que el primer hombre. No obstante, nos consuela saber que el otro hombre perfecto, Jesús, fue capaz de conseguir un resultado totalmente contrario. ¿Cuál? Pablo da la respuesta al mencionar que hombres de toda clase son “declara[dos] justos para vida” (Rom. 5:18). w11 15/6 2:5, 7, 8

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