Mardoqueo […] llegó a saber de todo lo que se había hecho (Est. 4:1).

La reina Ester estaba muy angustiada. Su primo Mardoqueo le había enviado copia de la ley que autorizaba la masacre de los judíos y le encargó que intercediera ante el rey por sus hermanos judíos. No obstante, quien se presentara ante el rey sin ser llamado era condenado a muerte (Est. 4:4-11). Aun así, Mardoqueo le dijo a Ester en pocas palabras: “Si te quedas callada, la liberación vendrá de otro lugar. Pero ¿quién sabe si has alcanzado la dignidad real precisamente para un momento como este?”. En respuesta, Ester le pidió que reuniera a los judíos en Susa para que ayunaran por ella. “Yo también […] ayunaré igualmente —dijo ella—, y tras eso entraré a donde el rey, […] y en caso de que tenga que perecer, tendré que perecer.” (Est. 4:12-17.) La reina se armó de valor, y el libro que lleva su nombre explica cómo libró Dios a su pueblo. En nuestros días, los cristianos ungidos y sus diligentes compañeros manifiestan la misma entereza frente a las pruebas (Sal. 65:2; 118:6). w12 15/2 2:14, 15

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