No se sientan heridos y no se encolericen contra ustedes mismos por haberme vendido acá; porque para la conservación de vida me ha enviado Dios delante de ustedes (Gén. 45:5).

Los hermanos mayores de José le tenían tanta envidia que llegaron a venderlo como esclavo y luego le dijeron a su padre que lo había matado una fiera (Gén. 37:4, 28, 31-33). Jehová bendijo a José, quien años más tarde se convirtió en la mano derecha del faraón al ser nombrado primer ministro de Egipto. Sus hermanos decidieron viajar a aquel país para conseguir comida porque el hambre hacía estragos en Canaán. Llegaron a comparecer ante José, pero no lo reconocieron, tal vez porque estaba vestido con el atuendo propio de su cargo (Gén. 42:5-7). ¡Qué fácil le habría sido aprovechar su autoridad para vengarse! Pero aunque habían sido tan crueles con él y con su padre, prefirió hacer las paces. Cuando tuvo claro que estaban arrepentidos, les reveló su verdadera identidad y pronunció las palabras del texto de hoy. Luego “se puso a besar a todos sus hermanos y a llorar” (Gén. 45:1, 15). w11 15/8 3:15, 16

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