Pastoreen el rebaño de Dios bajo su custodia, no como obligados, sino de buena gana (1 Ped. 5:2).

¿Qué debería impulsar a los superintendentes a servir a sus hermanos con tanto entusiasmo? Bueno, ¿qué motivaba a Pedro a pastorear y alimentar a las ovejas de Jesús? Sobre todo, el amor y el cariño que le tenía al Señor (Juan 21:15-17). Por amor, los ancianos no viven “para sí, sino para el que murió por ellos” (2 Cor. 5:14, 15). Este amor, unido al que sienten por Dios y sus hermanos, los lleva a servir al rebaño y a dedicarle sus energías, sus recursos y su tiempo (Mat. 22:37-39). Y hacen esos sacrificios con gusto, y no a regañadientes. ¿Hasta dónde llega el espíritu de sacrificio de los ancianos? Ellos cuidan a las ovejas con la misma entrega que Pablo, quien, a su vez, reflejó la actitud de Jesús (1 Cor. 11:1). El apóstol y sus compañeros querían tanto a sus hermanos de Tesalónica que estuvieron felices de compartir con ellos “no solo las buenas nuevas de Dios, sino también [sus] propias almas” (1 Tes. 2:8). w11 15/6 3:11, 12