Cada uno tiene de Dios su propio don (1 Cor. 7:7).

En la sociedad judía del siglo primero, el matrimonio se consideraba el estado ideal. Y lo mismo sucede ahora en diversas culturas: si alguien sigue soltero a cierta edad, los parientes y amigos se preocupan y se sienten en la obligación de ofrecerle sugerencias. Puede que lo animen a esforzarse más por buscar pareja o incluso le mencionen que tal o cual persona podría ser un buen partido. Quizás hasta actúen de casamenteros y se las ingenien para que conozca a alguien. Pero iniciativas como estas pueden conducir a situaciones muy incómodas, amistades rotas y sentimientos heridos. Pablo nunca presionó a nadie ni para que se casara ni para que se quedara soltero. Aunque él era feliz sirviendo a Jehová sin la compañía de una esposa, respetaba el derecho de los demás a contraer matrimonio. En lo que respecta a su estado civil, cada uno tiene derecho a tomar su propia decisión sin que nadie lo empuje en una u otra dirección. w11 15/10 2:3, 4