[Moisés] miraba atentamente hacia el pago del galardón (Heb. 11:26).

Moisés no se distrajo de su objetivo pensando en “disfrutar temporalmente del pecado” (Heb. 11:25). Para él eran muy reales Dios y sus promesas. Por eso pudo demostrar un valor y un aguante nada comunes. Trabajó con muchísimo celo para sacar a los israelitas de Egipto y conducirlos hasta la Tierra Prometida. Sin embargo, Moisés no vivió para ver el cumplimiento de las promesas divinas. Esto se debió a que, exasperados por los rebeldes israelitas, él y Aarón “actuaron en desacato para [con Dios] en medio de los hijos de Israel, junto a las aguas de Meribá” (Deu. 32:51, 52). ¿Cayó Moisés presa del desánimo y la amargura? De ningún modo. Al bendecir a la nación, terminó diciendo: “¡Feliz eres tú, oh Israel! ¿Quién hay como tú, pueblo que goza de salvación en Jehová, el escudo de tu ayuda, y Aquel que es tu eminente espada?” (Deu. 33:29). w11 15/9 3:15, 16

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