Ustedes me enviaron algo una vez y también la segunda vez (Fili. 4:16).

En el siglo primero, los hermanos de la congregación de Filipos enviaron a Epafrodito a Roma para atender las necesidades físicas de Pablo y, con toda seguridad, llevarle una ayuda económica. No era la primera vez que lo trataban con tanta generosidad. Con su bondadosa aportación querían que el apóstol pudiera despreocuparse por el dinero y dedicar más tiempo al ministerio. ¿Cómo vio él ese regalo? Como “un olor fragante, un sacrificio acepto, muy agradable a Dios” (Fili. 4:15-19). Ciertamente les estaba muy agradecido por aquel gesto, y también lo estaba Jehová. Hoy, Jehová también aprecia las contribuciones que hacemos para la obra mundial. Y nos promete que, si ponemos siempre primero el Reino en nuestra vida, cuidará de todas nuestras necesidades, tanto espirituales como físicas (Mat. 6:33; Luc. 6:38). w12 15/1 4:13, 14