Amemos […] en hecho y verdad (1 Juan 3:18).

El amor que fomenta el espíritu santo es muy diferente del que suelen mostrar las personas del mundo. Jesús destacó la diferencia en el Sermón del Monte (Mat. 5:43-48). Señaló que hasta los pecadores se guían por la norma de la reciprocidad. En otras palabras, razonan: “Si me tratas bien, yo también lo haré”. Pero ese no es un amor de verdad, un amor sacrificado, sino un simple intercambio de favores. Los cristianos tienen que ser diferentes “para que demuestren ser hijos de su Padre que está en los cielos”. En vez de pagar a los demás con la misma moneda, debemos verlos y tratarlos tal como lo hace Jehová. El amor por quienes comparten nuestra fe va mucho más allá: “Estamos obligados a entregar nuestras almas por nuestros hermanos” (1 Juan 3:16, 17). Claro, a menudo podemos demostrar que los queremos con cosas mucho más pequeñas. El intenso amor que produce el espíritu nos ayuda a cubrir las pequeñas ofensas de los demás perdonándolos liberalmente, o con generosidad, tal como “Jehová [nos] perdonó liberalmente” a nosotros (Col. 3:13, 14; 1 Ped. 4:8). w11 15/4 3:4, 6

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