La salvación pertenece a Jehová. Tu bendición está sobre tu pueblo (Sal. 3:8).

Aunque David se enfrenta a enormes problemas debido a la traición de Absalón, aun así tiene presente a toda la nación y está seguro de que Jehová la bendecirá. ¿No deberíamos hacer nosotros lo mismo por nuestros hermanos? Debemos tenerlos siempre presentes en nuestras oraciones y solicitarle a Jehová que les conceda su espíritu para que puedan proclamar las buenas nuevas con confianza y valentía (Efe. 6:17-20). ¿Se alegra David al enterarse de la muerte de Absalón? Ni mucho menos. Por el contrario, llora y grita: “¡Oh, que yo pudiera haber muerto, yo mismo, en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 Sam. 18:24-33). Tan solo Joab, con sus palabras, consigue calmar al angustiado monarca. ¡Qué final tan trágico! El propio Absalón se lo había buscado, pues, ciego por la ambición, tuvo el atrevimiento de luchar contra un rey que no solo era su propio padre, sino el ungido de Jehová (2 Sam. 19:1-8; Pro. 12:21; 24:21, 22). w11 15/5 5:11, 13