¡Levántate, sí, oh Jehová! ¡Sálvame, oh Dios mío! Porque tendrás que golpear a todos mis enemigos en la mandíbula. Los dientes de los inicuos tendrás que quebrar (Sal. 3:7).

Al sufrir la traición de su hijo y la deslealtad de muchos de sus súbditos, David cantó las palabras del texto de hoy. Pero no es vengativo. Si alguien ha de “golpear […] en la mandíbula” a sus enemigos, no es él, sino Dios. El fiel rey ha escrito su copia personal de la Ley y sabe que en ella Jehová declara: “Mía es la venganza, y la retribución” (Deu. 17:14, 15, 18; 32:35). También sabe que el Todopoderoso se ocupará de “quebrar” simbólicamente “los dientes de los inicuos”, o, lo que es lo mismo, impedirá que puedan hacer daño. Dios sabe muy bien quiénes son malvados, pues “ve lo que es el corazón” (1 Sam. 16:7). ¡Qué agradecidos estamos de que él nos dé la fe y la fortaleza que necesitamos para enfrentarnos al más vil de los malvados, Satanás! Pronto, Jehová hará que su gran adversario sea arrojado al abismo. Para entonces no será más que un león rugiente, pero desdentado, al que solo le aguarda la destrucción (1 Ped. 5:8, 9; Rev. 20:1, 2, 7-10). w11 15/5 5:9, 10

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