Resplandezca la luz de ustedes delante de los hombres (Mat. 5:16).

Imagínese que hubiera algo que nos permitiera potenciar nuestras cualidades y aptitudes para que fuéramos más útiles a nuestros hermanos y a Dios. Sin duda agradeceríamos contar con algo así. Y lo cierto es que Jehová nos ofrece esa ayuda: el don del espíritu santo (Luc. 11:13). Cuando la fuerza activa de Dios opera en nosotros, produce hermosas cualidades que nos ayudan a mejorar en todos los aspectos de nuestra adoración. ¡Qué regalo tan maravilloso! (Gál. 5:22, 23.) Las cualidades que produce el espíritu santo son un reflejo de la personalidad de Jehová, pues de él se origina dicha fuerza (Col. 3:9, 10). Ahora bien, ¿por qué deberíamos esforzarnos por imitar a Dios? Dirigiéndose a sus apóstoles, Jesús indicó la razón más importante: “Mi Padre es glorificado en esto, que ustedes sigan llevando mucho fruto” (Juan 15:8). Cuando cultivamos “el fruto del espíritu”, se notan los efectos en nuestra forma de hablar y de comportarnos, lo cual redunda en alabanza al Creador. w11 15/4 3:2, 3