Pedro estaba guardado en la prisión (Hech. 12:5).

De repente, una luz brillante iluminó la celda de Pedro. Luego se le apareció un ángel, al que obviamente no vieron los guardias, y lo despertó con insistencia. Entonces, ¡las cadenas que tenía en las muñecas sencillamente se le cayeron! El ángel sacó de la prisión al apóstol pasando delante de las narices de los guardias de la entrada y atravesando la gran puerta de hierro, que se abrió “por sí misma” (Hech. 12:10). Una vez en la calle, el mensajero divino se esfumó. ¡Pedro estaba libre! Claro, hoy no esperamos que Jehová nos libere de forma milagrosa. Pero sí tenemos confianza absoluta en que seguirá usando su poder a favor de su pueblo (2 Cró. 16:9). Él nos brinda su poderosa fuerza activa para que soportemos cualquier dificultad (2 Cor. 4:7; 2 Ped. 2:9). Y muy pronto, valiéndose de su amado Hijo, soltará a millones y millones de personas de la prisión más segura del mundo: la muerte (Juan 5:28, 29). Sin duda, la fe en las promesas de Jehová nos infunde mucho ánimo para afrontar los problemas. w12 15/1 2:13, 15, 16