Cada uno es probado al ser provocado y cautivado por su propio deseo (Sant. 1:14).

El ejemplo de Jesús nos ofrece una lección clave: hay que estar dispuestos a servir a Dios pase lo que pase, sin importar que suframos vergüenza o que se perjudique nuestra reputación (Heb. 12:2). También cuando fue tentado por Satanás, Jesús vio más allá de la prueba y meditó en las consecuencias de sus actos. Además, se apoyó en las Escrituras y usó el nombre de Dios. Al vernos tentados a hacer algo que le desagrada a Jehová, ¿en qué centramos la atención? Cuanto más pensemos en los atractivos de la tentación, más fuerte será el deseo de caer en ella (Sant. 1:15). Por eso, tenemos que tomar medidas de inmediato para arrancarnos del corazón ese deseo, incluso si dichas medidas nos parecen tan drásticas como la amputación de una parte del cuerpo (Mat. 5:29, 30). Al igual que Jesús, debemos reflexionar en las consecuencias de nuestros actos y, particularmente, en cómo afectarán la relación con nuestro Padre celestial. Debemos recordar lo que la Biblia enseña al respecto. Solo así demostraremos que Jehová es la persona más importante para nosotros. w11 15/5 3:13-15