Si alguien ama a Dios, este es conocido por él (1 Cor. 8:3).

Hay quienes, aunque aman profundamente a Jehová, no terminan de convencerse de que pueden disfrutar de su amistad. A veces se debe a que se consideran poca cosa, indignos de pertenecerle. ¡Menos mal que él no nos ve así! (1 Sam. 16:7.) Para que Dios conozca a una persona, es necesario que esta lo ame. Pensemos por un momento: “¿Por qué estoy leyendo yo esto? ¿Por qué me esfuerzo por servir a Jehová con todo mi corazón, alma, mente y fuerzas? ¿Le he dedicado mi vida y me he bautizado? Si así es, ¿por qué lo he hecho?”. Recordemos que nuestro Padre celestial examina los corazones de los seres humanos, y solo atrae hacia él a quienes considera “cosas deseables”, es decir, personas valiosas (Ageo 2:7; Juan 6:44). Por lo tanto, si le estamos sirviendo es porque nos ha invitado a ser sus amigos. Mientras le seamos fieles, jamás nos abandonará. Nos cuidará siempre con mucho cariño, pues somos para él un tesoro (Sal. 94:14). w11 15/9 5:3