Pedro estaba guardado en la prisión; pero con intensidad la congregación se ocupaba en orar a Dios por él (Hech. 12:5).

Los hermanos elevaron fervorosos ruegos a favor del amado apóstol. La muerte de Santiago no los había hundido en la desesperación ni los había llevado a pensar que las oraciones no servían para nada. Por el contrario, sabían que Jehová siempre valora muchísimo los ruegos de sus siervos y que los contesta cuando están en armonía con su voluntad (Heb. 13:18, 19; Sant. 5:16). Al repasar lo que hicieron los compañeros de Pedro, ¿qué aprendemos? Que mantenerse alerta implica orar, pero no solo por nosotros mismos, sino también por otros cristianos (Efe. 6:18). ¿Conoce usted a hermanos que estén atravesando dificultades? Tal vez sufran debido a persecuciones, prohibiciones del gobierno, catástrofes naturales u otros problemas menos llamativos. ¿No es cierto que deberíamos rogar a Dios por ellos? w12 15/1 2:13, 14